Manifestación del Reino espiritual - 15 de diciembre de 1980
El mundo y esta Tierra existen por las causas que ocurrieron desde la Caída de algunos hijos de Dios. Quien actúa contra la vida y contra las leyes del Señor crea vibraciones contrarias a la ley de Dios, es decir, que vibraciones elevadas son reducidas, con lo que adoptan la correspondiente cristalización. A estas reducidas vibraciones inferiores el hombre las llama «materia».
Al tener estas vibraciones una corta frecuencia de onda, se originó el tiempo y el espacio. Por estas frecuencias transformadas, que fueron reducidas a partir de la fuerza divina más elevada, y que en el transcurso de miles de millones de años se han ido limitando más y más, se originó la forma sólida, que el Espíritu llama también «estructura del éter condensada».
En el transcurso de miles de millones de años, esta forma perdió cada vez más su flexibilidad; por eso creó también los espacios de tiempo, sus propias medidas, millas y pesos. Esta forma sólida, el hombre, cuenta en años luz y lo ve todo a mucha distancia. Por esta limitación del ego humano se originaron países, ciudades, comunidades, pueblos, calles, caminos, vehículos y transportes aéreos de toda clase, y ahora también satélites y naves espaciales.
Por estas limitaciones y por la idea de la distancia, entre los hombres no se produjo ni unidad ni fraternidad; se volvieron extraños entre ellos. Para el hombre, el prójimo se ha convertido en un extraño. Por esta distanciación se originaron también los gobiernos, lenguas distintas, tradiciones, costumbres y religiones. La humanidad tenía y tiene ahora sus distancias, por lo que los hombres raras veces se tratan con amistad y fraternidad, sino más bien como extraños, y no pocas veces como enemigos.
También dentro de las ciudades, los pueblos y las comunidades existen todavía más limitaciones, las familias. Cada uno tiene su nombre de familia y sus posesiones, que parcela precavidamente y considera su territorio. Aparte de esto hay las más diversas categorías de personas. Uno es rico, tiene muchos bienes y la correspondiente reputación, el otro es pobre y envidia al rico. Pero también él pone sus límites y considera sus pocas pertenencias y bienes como propios. Los vigila igual que el rico, pues cada uno cree tener que guardar su individualidad ante el otro. Así lo hace también el agricultor ante el peón, el empresario ante sus empleados.
Cada uno se siente independiente y poderoso en su papel. Las religiones y las castas tienen sus líderes y asociados. Raras veces le da uno la mano al otro, porque cada uno cree tener que conservar su individualidad y no quiere perder su reputación. Así, cada hombre se siente único ante el otro porque todos están en contra de todos.
Por esta limitación, que se produjo por un pensar equivocado, se originaron y se están originando enemistades no sólo entre los países, que a menudo han producido y continúan produciendo guerras y crueldades indescriptibles. También dentro y entre las familias hay discordia, a menudo odio y enemistad, que en muchos casos llevan al crimen.
La gran ley de Dios que lo abarca todo, en la que todo hijo de Dios es un ser que existirá
siempre y que es igual ante Sus ojos, no es cumplida ni en las religiones ni en las sectas ni en las castas.
Allí donde el hombre mire hay limitación y estrechez. Nadie tiene nada que decirle al otro, todos luchan contra todos. Si no es con palabras y armas externas, entonces con armas igual de peligrosas, traidoras e invisibles: con sensaciones y pensamientos contrarios a la ley de Dios. El hombre también ata su alma a este mundo con tales vibraciones invisibles. Sólo cuando el alma haya abandonado su casa de carne y hueso, todas las sensaciones, pensamientos, palabras y actos quedan al descubierto y son visibles para los demás seres. Pero a menudo ya pueden ser vistos cuando el alma está aún encarnada, aunque de otro modo que en el reino de las almas.
Las distintas enfermedades, preocupaciones, desgracias, necesidades, ansiedades, odio, envidia y enemistades, pero también guerras y crímenes son efectos de causas anteriormente creadas.
Quien se ocupe de la ley del karma, tiene que creer irremediablemente en la reencarnación del alma en un cuerpo terrenal. Pues el karma, la culpa del alma, se originó sólo por causas creadas en anteriores encarnaciones del alma, por pensamientos y actos contrarios a la ley.
Esta Tierra es la escuela de todos los hijos de Dios caídos y cargados. A toda alma le es dada la posibilidad de poner en orden rápidamente su culpa en la materia, en tiempo y espacio. Este lugar para poner en orden las culpas, en el que se le da la posibilidad al alma de limpiarse mucho más fácil y rápidamente, lo ha creado Jesucristo, el Redentor de la humanidad e Hijo primogénito de Dios, por Su acción de bondad; pues antes de la Redención de las almas, la Tierra era el punto de apoyo de la jerarquía satánica.
Con su acción redentora, el Hijo de Dios no sólo ha dado una señal visible como Jesús de Nazaret, instruyendo a la humanidad en el amor, sino también mostrándolo a través
de Su vida, enseñando con ello que con el cumplimiento del mandamiento más poderoso, el amor, toda alma volverá a encontrar el camino a la casa del Padre. Su misión como Mesías tenía una razón mucho más profunda de lo que mostraba la vida visible del Nazareno. Su acción como Corregente de los Cielos fue decisiva.
Jesucristo, el Corregente de los Cielos, actúa como espíritu presente en las cuatro cualidades, que también son virtudes de Dios y que sostienen tanto a la Creación como a las almas. Estos componentes de Su herencia, que irradian desde el Sol Central Primario a toda existencia, los incrementó, con lo cual estos rayos glorificantes –después de Su acción- pudieron entrar con más fuerza en todas las almas caídas y cargadas, dándoles la fuerza impulsora necesaria para volver a conseguir una eterna vida cósmica. Cuando el Hijo de Dios fue a encarnarse, toda la creación de la Caída se puso en contra de Él.
Todas las almas caídas, tanto en los ámbitos satánicos, que hoy son planos de purificación, como en la Tierra, se dirigieron contra el Hijo de Dios. Estas fuerzas negativas aglomeradas las venció encarnando, enfrentándose a ellas con amor y misericordia, en vez de odio, envidia y enemistad. Por este suceso en el acto de Redención, el Espíritu de Cristo vive y actúa como destello redentor en todas las almas, tanto en los hombres
como en las almas desencarnadas, guiando a todas las almas de vuelta al destello primario, al núcleo del ser.
O sea que esto significa: Jesucristo, el Hijo de Dios, guía a todas las almas hacia la luz primaria, a la unión con Dios, el Padre eterno. Ya que el destello redentor de Jesucristo actúa con más intensidad en las almas encarnadas en la Tierra, éste es el lugar de misericordia, es decir, la posibilidad de tener un tiempo más corto de purificación del alma que en los ámbitos de purificación. Desde la Tierra, un alma puede volver a encontrar mucho más rápidamente el camino hacia el Reino de la vida, en tanto reconozca el camino de purificación y se subordine a las leyes del Señor, las cumpla y haga penitencia; no así el hombre perezoso que vive según sus costumbres diarias y sólo mira hacia este mundo y sus brillos aparentes.
Una vida en la Tierra, que sólo se orienta hacia la materia, es tiempo perdido y energía derrochada. Después de tal paso por la Tierra, un alma así volverá a encarnarse y a pasar por el camino de la materia hasta que despierte y vaya por el camino de la luz interna. Ya que la humanidad se ha vuelto ignorante respecto a estas leyes a causa de las ataduras eclesiástico-dogmáticas, no capta el profundo sentido de su vida en la Tierra.
Muchos hombres acusan a Dios, nuestro Señor, por sus enfermedades y fracasos, ya sean golpes del destino de diversa clase o por pobreza, miseria, ataques por parte de otros, disputas familiares o incluso desavenencias, por divorcios y muchas cosas más, por todo lo que el mar de causas y efectos por ellos creados arroja a la playa.
Antes o después, aparecen los efectos de cada causa. Ningún alma se libera de tener que reconocer las causas por ella creadas y de arrepentirse de ellas, para que la mano de Dios, que ayuda, pueda actuar a través de Jesucristo, el Redentor. No importa si el alma se encuentra encarnada o en los planos astrales, toda causa recibe más pronto o más tarde su eco.
Dios es infalible y santo. Pero ningún hombre es santo e infalible. El único Santo y Absoluto no ha enviado ninguna causa a Sus hijos. Toda alma que haya actuado o actúe contra la ley del Señor, ha creado y seguirá creando las causas por sí misma. El hombre sabe que a cada acción le sigue una reacción, esto significa, a cada causa un efecto.
Jesucristo dijo: ¡Lo que sembréis es lo que cosecharéis! Por eso también es falsa la declaración de que Dios es un Dios que castiga. Esto no fue manifestado por el Espíritu de Dios.
Dios, nuestro Padre, no castiga ni condena. Dios, nuestro Padre, sólo permite los efectos
legítimos que siguen a las causas creadas por los hombres, para que Su hijo, antes o después, se reconozca a sí mismo y llegue al arrepentimiento, de modo que la culpa del alma pueda ser aminorada, aliviada y luego borrada.
Dios, nuestro Padre, es un regente que ama, que está lejos del castigo y la condenación. El hombre mismo lleva día a día su vara de castigo en la mano. Son sus sensaciones, pensamientos, palabras y obras contrarias a las leyes de Dios.
¿Cómo se origina una culpa del alma, un karma, y cómo se manifiesta?
En el mar de causas hay aspectos tan sutiles, que me es imposible describirlos con todo detalle. En este escrito sólo deseo manifestar algunas causalidades, cómo se forman y qué resonancias se producen por ellas.
En tanto sea la voluntad del Señor y nuestra hermana, que recibe Mi luz de manifestación,
disponga de tiempo, daré manifestaciones más detalladas sobre las diversas causas kármicas y sus efectos, en un escrito aún más amplio.
Deseo describir ahora un caso dentro del mar de causas posibles. Por ejemplo: Un hombre roba a su prójimo. Ahora depende del motivo que haya tenido el ladrón y cuánta importancia tenga esta causa. Si robó cantidades de dinero importantes y si ha robado a gente que está supeditada a cada centavo, entonces es posible que al ladrón le falten en la próxima vida o bien un dedo o una mano, si la causa es grave.
Si, por ejemplo, un ladrón ha matado a alguien para conseguir dinero y bienes, es posible
que en la otra vida le falte un brazo o que tenga que sufrir el dolor de aquel al que mató. Luego tendrá que sufrir a menudo mucho de ciertas enfermedades. Como ya se manifestó, hay muchas causas a este respecto, cuya importancia varía según el grado con que se actuó contra las leyes divinas.
No debes hacer daño a tu prójimo, pues todo lo que esté en contra de la ley del Señor, carga a tu alma, y antes o después también a tu cuerpo terrenal. Si en tu familia hay desavenencias por tu culpa y abandonas a tu cónyuge para volver a casarte con otro, en la próxima vida te será reservada una suerte parecida.
Si eres un político y ordenas la fabricación de armamento, que tarde o temprano será utilizado en combate, causando dolor y muerte a muchos hombres y animales, entonces tu alma se cargará correspondientemente al colectivo de causas, sobre el que me ocuparé en seguida. En la próxima vida puedes vivir entonces en un país subdesarrollado, yaciendo en las calles y pidiendo pan, o muriéndote poco a poco como un leproso. Pues a cada acción le sigue una reacción.
Si eres un sacerdote y conduces a tus ovejas por el camino equivocado, atándolas al dogma y a la forma externa, instruyéndolas mal y llevándolas por el camino externo, sin explicarles las causas resultantes de las sensaciones, pensamientos, palabras y hechos, sin guiarlas hacia Aquel que vive en toda alma, hacia el Espíritu de Dios en cada alma, puedes estar seguro de que en la próxima vida serás probablemente un mendigo, un vagabundo o un hombre que tenga que sufrir mucho por el dogma y la forma externa, o un hombre que tenga que sufrir depresiones psíquicas y anímicas, llevando una vida física y espiritualmente trastornada. También en este caso los efectos varían. Depende de la intensidad y continuidad con que las causas le fueron impuestas al alma.
También las causas que originan los sacerdotes pasan a un colectivo de causas. Este colectivo se traspasa a aquellos de ideas iguales, sobre todo también a aquellos que tienen un rango superior al del sacerdote y que establecieron y propagaron las ideas falsamente enseñadas a los hombres, como si fuesen una realidad y componentes
de fe, o sea dogmas.
Así existen muchas causas colectivas (culpa de la totalidad). Por ejemplo, el colectivo de causas de los cazadores, o de los trabajadores forestales; el colectivo de causas de familias, confesiones, sectas y grupos religiosos. También existen colectivos de culpa de los hombres de Estado y de los directores de grandes empresas.
A raíz de este colectivo de causas, se cargan todos los que han contribuido a ellas y viven
bajo la irradiación de tal colectivo, según sea su participación. De un modo completamente distinto intervienen las causas que fueron originadas por hombres que no actuaban bajo la presión de un superior. Estas causas cargan sólo el alma del individuo.
¿Cómo repercuten las causas en el alma, y cómo penetran en este bien cósmico?
Todas las formas de vida, incluida el alma cósmica, viven por la atracción de fuerzas cósmicas. El cuerpo espiritual de los seres puros es el microcosmos en el macrocosmos, y es uno con el infinito, y está en armonía con su función hasta que se reduce y va a la encarnación. Por la reducción de este cuerpo etéreo y por la primera encarnación, cae el pecado original sobre el alma encarnada. Este es el que oculta el recuerdo de la vida que existe eternamente.
Por las cargas del alma, que se producen entonces en la vida humana, la forma cósmica magnética, el alma, se orienta hacia las influencias materiales, atrayendo tanto las vibraciones humanas negativas, como las espirituales elevadas, es decir, las vibraciones positivas. Esta forma flexible de alta vibración, el alma, reacciona a todas las vibraciones.
El proceso es el siguiente: Por ejemplo, si alguien comete un robo, tendrá inicialmente sus sensaciones y pensamientos, es decir, que preparará su acción. Los pensamientos para la realización del robo son los primeros en penetrar en su aura, en la luz del alma que envuelve su cuerpo. El aura es la primera en almacenar tanto lo positivo como lo negativo. Si el robo se realiza, entonces depende de cuán grande sea el daño y el sufrimiento que el ladrón haya causado al otro, a su prójimo. Si sólo cogió un trozo de pan o robó una manzana del árbol del vecino, ésto es una causa pequeña, que sí es valorada, pero que visto momentáneamente desde el aspecto del alma, es de poco significado. Aunque también de esto puede resultar una causa considerable, en tanto vibratoriamente se vaya acumulando una cosa tras otra, pues muchas cosas pequeñas forman con el tiempo una montaña de causas, que tarde o temprano, cuando el karma esté maduro, se derrumbará por la irradiación de luz del Espíritu.
También las muchas pequeñas causas pueden provocar un gran efecto en el transcurso del tiempo. Por eso es aconsejable considerar y analizar prudentemente todos los pensamientos y actos, aunque resulte muy difícil, sobre todo al principio. Si son causas considerables, que sobre todo han provocado un daño físico al prójimo, también el efecto será correspondientemente intenso.
Por ejemplo, si un ladrón le quita a alguien sus últimas pertenencias, de modo que éste empobrece y se desespera mucho por ello, todos estos pensamientos recaerán sobre el ladrón; pero en parte también recaerán sobre la víctima, ya que ella no debería enviar al prójimo malos pensamientos ni palabras, aunque le haya robado sus últimas pertenencias. Esta acción tiene la siguiente reacción: Todas las sensaciones y palabras enviadas, como también cada forma de actuar, están contenidas, por el magnetismo del alma, en el aura
tanto del ladrón como de la víctima.
Estas causas existentes, que todavía se encuentran en el aura, reciben del núcleo de ser del alma un denominado tiempo de gracia, llamado también de misericordia. Mientras en el aura se va formando la culpa del alma, penetran fuerzas espirituales en el cuerpo y el alma. Se produce un vacío espiritual, que de momento no deja penetrar ni las vibraciones positivas ni las negativas en las partículas del alma.
En este llamado tiempo o plazo de gracia o misericordia se le da al ladrón, por ejemplo, la posibilidad de reparar lo que ha hecho. Durante este plazo de gracia entra sobre todo en acción la conciencia, tanto en el ladrón como en la víctima.
Del Espíritu de Dios, que es el núcleo de ser de cada alma, y desde el espíritu protector, penetran impulsos legítimos en la conciencia del hombre, que le incitan al arrepentimiento, al reconocimiento y a reparar la causa. Si el ladrón acepta estas sensaciones de su conciencia y pone en orden lo ocurrido, si se disculpa y se arrepiente de su proceder, serán absorbidas en el aura una parte de las vibraciones negativas, es decir, éstas son transformadas por el Espíritu que actúa en el alma y son disueltas por el éter divino. Pero
si la víctima, que ha recuperado todos sus bienes y ha recibido las disculpas y el arrepentimiento del ladrón, no puede perdonarle, quedará una pequeña vibración negativa en el aura de la víctima. También él tiene un plazo de misericordia y también en él, en su conciencia, actúan las fuerzas del Espíritu y del ser protector.
No obstante, si la víctima no puede perdonar completamente, aunque lo haya recuperado todo y recibido las disculpas del ladrón que le asegura que lo siente, el tiempo de misericordia se acabará. Su alma entonces acogerá como carga las vibraciones aún existentes, que irán a las partículas del alma. Esto tiene como consecuencia que la fuerza espiritual disminuye según el grado de ensombrecimiento, con lo que el alma estará más nublada, es decir, ensombrecida.
Esto, por otra parte, significa que el alma se condensa más y más por la rigidez y los pensamientos y actos contrarios a la ley divina, es decir, que se envuelve más en sus capas astrales.
Si los pensamientos y el modo de actuar del hombre son positivos, si puede perdonar y olvidar, estas capas del alma se vuelven traslúcidas, y quizás más tarde se disuelvan.
Todo pensamiento, ya sea positivo o negativo, es primero guardado en el aura. Esto constituye por algún tiempo una protección para el
alma. Mientras existe este vacío, el hombre vive la supervisión de Dios. Cuando después de este tiempo de misericordia el vacío se retira, sucede lo siguiente: El magnetismo del alma acoge tanto lo negativo como lo positivo. Si se afirma el tiempo de prueba, el alma recibirá sólo lo bueno, y por ello traslucirá sus envolturas. Esto significa que el alma entra en una vibración superior a través del fluido de luz divina. Esta fuerza vibrante del alma también se hace perceptible dentro del cuerpo, en la estructura de las células y también en el aura, llamada la luz o también el espejo del alma.
Cuanto más elevada sea la vibración de un alma, tanto más luminosa será el aura, difundiendo una irradiación mayor, y tanto más protegido, espiritualmente alegre, activo y también físicamente sano estará el hombre.
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